Lo que los números no cuentan y las palabras, apenas. Primer presidente negro

Publicado originalmente en http://www.rtve.es (http://www.rtve.es/noticias/20130121/obama-ana-bosch/603914.shtml)

Washington es una ciudad donde quienes usan el metro no soportan el contacto físico con otros pasajeros y prefieren dejar pasar trenes hasta que llegue uno menos lleno antes que apretujarse. Quienes van dentro esperan ese comportamiento por parte de quienes esperan en el andén.

Aquella madrugada del 20 de enero de 2009 el andén a las cuatro y media de la madrugada estaba muy concurrido y hacía prever que el tren llegaría cargado. Conociendo los hábitos de la capital me preparé para rogar a los pasajeros del tren que me dejaran montar y apretujarme, que yo iba a trabajar. No hizo falta.
El tren llegó abarrotado, pero los pasajeros lejos de molestarse al ver la cantidad de gente que queríamos montarnos se lo tomaron con humor, se apretujaron aún más, squeeze, squeeze, y a pesar del sueño, los apretones y el sudor –íbamos pertrechados para horas bajo cero- reinó el humor y un espíritu fraternal. De vez en cuando alguien iniciaba uno de los lemas famosos en la campaña, “Fired up…”, “…ready to go” le seguía el resto del vagón. Cuando en una de las estaciones parecía que era imposible meter un cuerpo más en esa lata de sardinas alguien gritó lo obvio, “yes, we can”.

Washington DC and the area es una zona de abrumadora mayoría de votantes demócratas, pero lo que se respiraba en el ambiente esa mañana era más, mucho más que la euforia-alivio de esos votantes por el fin de la era Bush y el inicio de una presidencia demócrata. Washington DC and the area es una zona de mayoría negra. Y ese día, al mediodía, se iba a producir algo que creían nunca iban a ver en su vida, never in my lifetime. La jura como presidente de los Estados Unidos de un negro. La entrada en la Casa Blanca de una familia negra. Subrayo lo de familia porque quien hace negro a Barack Obama (hijo de padre africano negro y madre estadounidense blanca) ante los afroamericanos, quien lo ancla en la comunidad negra, es Michelle, su esposa, de uno de los barrios negros de Chicago y descendiente de esclavos. Michelle y las hijas, Malia y Sasha, en la Casa Blanca son un símbolo, una revolución, tan o más significativo que el presidente Barack Obama.

inauguration-2009-The Obamas

En Europa solemos infravalorar la huella profunda, dolorosa y envenenada que dejaron la esclavitud y la segregación racial en los Estados Unidos. Lo que significa tener interiorizado que tus antepasados fueron tratados como una pertenencia más del amo terrateniente, como animales, o tener memoria viva, porque lo viviste, de cuando no les dejaban ir a la misma escuela que iban los blancos, o a los mismos WC públicos, o a las mismas cafeterías, y la policía les echaba los perros cuando se manifestaban pidiendo igualdad de derechos o, como le ocurrió a Condoleezza Rice, que niñas compañeras de escuela murieran por bombas arrojadas contra el domicilio. Por negras. Memoria de cuando un hombre negro.
Los números cantan, se suele decir, y en este caso cuentan que nunca ningún presidente convocó a tanta gente en el Mall, la enorme explanada frente al Capitolio, para presenciar su toma de posesión, calculan que acudieron casi dos millones de personas (1,8 millones). Lo que no cuentan las cifras es esa fraternidad en el metro hacinado a las cuatro de la madrugada, los abrazos que te brindaban desconocidos por la calle, la sonrisa permanente aquel día en los labios y las lágrimas en los ojos de tantos afroamericanos que por primera vez se sintieron plenamente ciudadanos de su país.

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Lo dije en las conexiones en directo de aquellos días y lo repito cuatro años después, al presidente Obama se lo juzgará por su presidencia, pero su elección y su toma de posesión son ya un capítulo de la Historia. De la de los hechos y de la de las sentimientos. Y en Europa a menudo cuesta hacerse una idea de hasta qué punto.

Vista del Mall desde las posiciones de directo de las televisiones. I was there.

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NY versus DC. O el encanto oculto de Washington

She’s so New York! (¡Es tan de Nueva York!) Exclamó mi amiga washingtoniana (nacida en Cincinnati, Ohio) ante los comentarios de una visitante.

Sonreí y me acordé de esa anécdota leyendo este domingo la entrevista que le hacía el New York Times a la juez del Tribunal Supremo de los EEUU Sonia Sotomayor con motivo del libro de memorias que ha escrito. Sonia Sotomayor hizo historia cuando el presidente Obama la eligió para el máximo tribunal de los EEUU y pasó la aprobación del Senado. La primera latina, la primera hispana, que llega al tribunal constitucional estadounidense.

Y me acordé de la reacción de mi amiga porque Sotomayor cuenta en esa entrevista cómo le ha costado adaptarse a los ritmos y la vida de Washington viniendo ella de Nueva York y habiéndose criado en el Bronx.

Washington DC es un pueblo comparada con Nueva York. Washington DC es un muermo comparada con Nueva York. O… Nueva York es una histeria comparada con Washington DC.

Recuerdo cuando iba de Washington a Nueva York por trabajo o por ocio en tren. Me esperaba la excitación de Nueva York, pero también su stress. En cuanto bajaba del vagón y ponía los pies en el andén de Penn Station ya me estresaba, era como si me soltaran una pequeña descarga eléctrica. Subía al vestíbulo y el stress iba en aumento, y ya cuando salías a la calle, el acabose. ¡Qué ansiedad! ¡Qué prisas! ¡Qué ruido! ¡Cuánta basura! Y por la noche, en el hotel, ese uuuuuuuuh , ese ruido que primero creías eran los motores de los ascensores hasta que te dabas cuenta de que no, ese ruido era el de la suma de los aparatos de aire acondicionado de decenas, centenares de apartamentos y habitaciones. Volver a Washington era hacer el camino inverso. Llegabas a Union Station y tus pulsaciones bajaban automáticamente. Atrás habías dejado la locura de la ciudad y volvías a estar en el pueblo.

¿No hay stress en Washington DC? ¡¿En la capital política del mundo?! Sí, ¡¿cómo no va a haber?! Es la capital del impero, es la ciudad de los lobbies, es la ciudad donde se trepa y triunfan o se hunden carreras políticas, la ciudad de puñaladas traperas y cloacas del sistema. Hay mucho ego por metro cuadrado. Hay mucho poder y por lo tanto hay mucho stress. Pero es un stress que se lleva por dentro. En pasillos y despachos. En úlceras, contracturas, coágulos e infartos que se van creando día a día. Pero fuera, en la calle, el ritmo es pausado y tranquilo. Es una ciudad en horizontal y del sur. Una espejismo de Arcadia feliz de barbacoas en el jardín los domingos y jogging por las aceras a diario. Y ciervos por las avenidas.

Hablamos, claro, del “Washington blanco”. El NW, el Noroeste de Washington. Porque en esta ciudad aún segregada de facto su vida cotidiana es la historia de dos ciudades. La ciudad de las instituciones –gubernamentales o internacionales- alrededor de las cuales viven quienes trabajan en ellas directa o indirectamente, en el Noroeste, y el resto. Los otros puntos cardinales de Washington son de mayoría afroamericana –y cada vez más hispana- con bolsas terribles de pobreza y exclusión social, donde ha ocurrido que al preguntar a unos niños a qué les recuerdan los fuegos artificiales del 4 de Julio muchos respondan “a disparos de bala”.

Ocho meses dice Sonia Sotomayor que le llevó apreciar la belleza de Washington, y que fue en el Rock Creek Park, el monte extenso que se ha conservado en el corazón de esa ciudad artificial y sin personalidad aparente. Verás cuando descubra Sotomayor que en menos de media hora se puede plantar en las Great Falls del Potomac y pasarse horas ensimismada viendo las cataratas y sus piragüistas y escuchando el sonido del agua.

PS No dejen de leer la entrevista.

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¿Por qué a los políticos españoles les obsesiona la prensa británica?

Es una pregunta que me han hecho en varias ocasiones periodistas y diplomáticos británicos en los años que he estado en Londres. Quienes me preguntaban no ponían en duda la influencia que pueden tener medios como el Financial Times, The Economist o la BBC, aunque ellos no tengan esa influencia tan sacralizada. La pregunta y perplejidad de quienes me preguntaban no iba por ahí, sino por el hecho de que los políticos españoles se quejaran tanto y tan a menudo por lo que publicaba la prensa. ¿Que la prensa publica cosas incómodas? Sí, claro, esa es su función y para eso está la libertad de información -es su razonamiento- y hay que aguantarse. A la prensa se le debe exigir -sigue el razonamiento- que sus datos se sustenten, no que sea amable. Y hay que decir que la prensa británica (y su humor) puede llegar a ser cruel, despiadada.

“A veces cuando voy a ver a un ministro o un secretario de Estado -comentaba un diplomático británico- me recibe con un dossier con artículos del Financial Times. ¿Qué insinúan? ¿Que el gobierno británico dicta lo que escribe el FT? ¿Que alguien del gobierno le puede decir a la prensa qué o cómo debe escribir? ¡¿Por qué me presentan a mí la queja contra unos artículos de prensa?!”

La reacción de algunos políticos españoles al reportaje The Great Spanish Crash de Paul Mason para la BBC sobre cómo España ha llegado a esta crisis, usando como hilo conductor y paradigma la Comunidad Valenciana, ha vuelto a despertar la misma perplejidad, empezando por el propio Paul Mason como pueden comprobar ustedes mismos en su cuenta de twitter (@paulmasonnews). Se asombró por la queja de la Embajada, se asombró porque le replicaran con un video publicitario, se asombró por el éxito de visitas en España a la copia pirata de su reportaje en Youtube y se ha asombrado este fin de semana de seguir aún siendo noticia.

El reportaje se emitió el mes pasado, pero Paul Mason ya en octubre escribió un post largo en su blog sobre el reportaje y más. Mucho más. Lo tuiteé en su día y lo rescato aquí.

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Cuando te cuesta hacer de reportero

En abril de 2007 al equipo de la corresponsalía de TVE en Washington nos  tocó cubrir la matanza en la universidad de Virginia Tech, donde un estudiante mató a 32 personas. El viernes la matanza en la escuela de Newtown me trajo esos recuerdos y en twitter comenté que además de la tragedia me venía el recuerdo del despliegue mediático. Apabullante. Incómodo.

Llegamos de noche al campus y por lo tanto no fue hasta el amanecer cuando nos dimos cuenta de la proporción, o desproporción, del despliegue. El campus estaba en una especie de hoyo lo que hacía aún más impresionante ese despliegue cuando te aproximabas por la carretera en un alto. Al llegar la vista se topaba con un mar blanco de camiones con satélite para las transmisiones de las televisiones. Es una de las consecuencias de la prolifereación de medios, los informativos 24 horas y las facilidades técnicas para transmitir. Es noticia y no hay medio que no quiera contarla. Y contarla a todas horas.

Las universidades en los EEUU son ciudades, no edificios integrados en una población, y eso permitió a la dirección de Virgina Tech alejar a los alumnos, víctimas en mayor o menor grado, de la invasión mediática. Les recomendó volver a casa -casa suele estar a varios o muchos kilómetros, en otro estado a menudo- con lo cual “la escena del crímen” quedó al segundo día casi vacía de testigos a quienes entrevistar. Una de las crónicas que hice fue del malestar que me producía esa sensación. Recuerdo en especial la entrevista a una alumna, una de las pocas que quedaban, rodeada de por lo menos media docena de equipos de televisión. En esos casos siempre hay algún coordinador o coordinadora en la redacción central que te pide que no hagas más esos comentarios, que queda fatal decir que los medios estamos montando un circo desproporcionadamente invasivo mientras seguimos contando la historia.

El viernes la matanza en la escuela de Newtown me trajo esos recuerdos y comenté en twitter que imaginaba el despliegue apabullante, y aún más incómodo para muchos de mis colegas, en que debía de haberse convertido en cuestión de horas esa población de Connecticut cuyas autoridades, a diferencia de las de Virginia Tech, no pueden mandar a casa a testigos y afectados y vaciar el lugar. Porque ese lugar, Newtown, es su casa.

Uno de los muchos -en los despliegues de la BBC siempre son muchos- reporteros que BBC ha desplazado al lugar, Johnny Dymond, hace esa reflexión en la web de la cadena. 

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Dead Horse Point

Empiezo este nuevo blog con un texto que publiqué en junio de 2009 en un blog anterior, cuando era corresponsal de TVE en Washington. He pensado que era lo más indicado para iniciar esta nueva singladura, y porque descubrir ese lugar, el Dead Horse Point, en el verano de 2005 ha sido uno de los grandes placeres de estos últimos años. Un lugar al que volví en 2008 y al que, si puedo, quiero volver.

Dead Horse Point

Casi todos tenemos un lugar en el mundo adonde escapar o refugiarnos cuando el alma nos pesa en exceso, nos asfixia. Whatever el alma means. Un lugar con el poder de vaciarnos de nuestros demonios, nuestras tensiones, nuestras rabias y tristezas, nuestras pequeñas grandes ofuscaciones cotidianas…

Para mí ese lugar ha sido y será siempre el mar. Un acantilado, una roca, una playa no muy concurrida frente al mar. El mar tiene ese poder terapéutico en mí y durante más de cuarenta años he vivido convencida de que no había sucedáneo posible para mi alma. Whatever mi alma means. Hasta que llegué al Dead Horse Point.

Es una peña, un acantilado muy lejos del mar. En el sur de Utah. Sí, ese estado que a la mayoría probablemente sólo les suene a mormones y Salt Lake City.
Un peñasco en la amplia zona de cañones del Río Colorado, río arriba del famoso e irreproducible Gran Cañón.
Llegué al Dead Horse Point, como a tantas cosas en esta vida, por una serie de azares; sin haberlo planeado, ni imaginado. Y en cuanto llegué y vi el espectáculo que se ofrecía ante mí sentí una emoción especial, noté cómo mi cuerpo se iba vaciando por dentro, perdiendo lastre, la piel se me erizaba y las lágrimas empezaban a brotar. Todo lo que alcanzaba mi vista era una sucesión de meandros y formaciones rocosas, áridas, con -parafraseando a Raimon (pronúnciese ¡por favor! RaimÓn)- todos los colores del marrón. Del amarillo-naranja al violeta-negro.
No he estado en Marte, ni en la Luna, pero por lo que cuentan y las imágenes que nos llegan lo que se ve desde el Dead Horse Point tiene algo de ambos. Ningún rastro humano al alcance de la vista. Ninguna construcción. Y el silencio, roto de vez en cuando por algún pájaro. Fui en temporada alta, agosto, y a pesar de ello pude estar varios minutos sola. Cuando se acercaban otros turistas bajaban la voz o callaban, tal era el respeto que el paisaje les infundía. Como cuando uno entra en una iglesia o un cementerio.
De repente, ante ese paisaje casi inerte, modelado por la erosión de 150 millones de años, todo lo humano aparece diáfanamente diminuto, irrelevante, anecdótico. Y las aflicciones propias aparecen más ridículas e insignificantes que nunca.
Podría pasar horas y horas contemplando ese espectáculo hermoso, sobrecogedor y catártico.

Ese día por la noche me enteré de que fue en ese lugar donde rodaron la última (¡!) escena de “Thelma & Louise”.

P.D. El lugar, además, tiene su leyenda. Se llama el punto del caballo muerto porque se usaba como corral natural para caballos salvajes. Y cuenta la leyenda que un día se dejaron la puerta del corral cerrada, los caballos no pudieron salir y murieron deshidratados ahí, viendo las aguas del Colorado.

P.D.2- No hay foto, ni video que pueda recoger la dimensión del lugar y la impresión que causa. A pesar de ello:Dead Horse Point Park.

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