Buchenwald

Publicado originalmente en http://www.rtve.es el 5 de junio de 2009

Llego a la corresponsalía esta mañana y miro las imágenes que llegan del Presidente Obama,  la Canciller Merkel y Elie Wiesel en el campo de concentración de Buchenwald.
Obama ha visitado Buchenwald por varias razones, una de ellas es que un tío abuelo suyo estuvo en las filas del General Patton, el ejército que liberó Buchenwald. Dice Obama que su tío abuelo hablaba poco de lo que vio ahí y que él, Obama, nunca olvidará lo que ha visto. Y me lo creo porque me vienen a la cabeza y al estómago varios recuerdos propios.

El primero, “L’écriture ou la vie”, el relato de Jorge Semprún sobre su experiencia en Buchenwald. Ese libro de memorias que tardó décadas en escribir de lo traumático que le era el ejercicio de escribir sobre ello. Escribir lo habría sumergido en la muerte, cuenta. De ahí el título del libro. Desde que lo leí se me ha quedado incrustado en la memoria uno de los pasajes más desgarradores, cuando Semprún narra como, sin espejos, se hizo una idea del horror de su condición física y de su propia mirada al cruzarse con la mirada de los soldados estadounidenses que los liberaban.

Y más recuerdos. El nudo en el estómago cuando visité Mauthausen hace veinte años con un grupo de supervivientes catalanes. Me pregunto aún de dónde han sacado la fuerza todos estos años esos supervivientes para volver una y otra vez al teatro del horror. Esa escalinata de la cantera, esos hornos como los de panadería, pero para humanos…

Y recuerdo aquel primo de mi abuela, José, que conocí en Praga hará también veinte años. Su vida, otra de esas biografías dramáticas que empalmaron la guerra civil española con la guerra mundial en Francia para acabar deportados a un campo de concentración alemán…Y cómo José nos contó a mi hermano y a mí que su hija se había enamorado de un chico alemán, casado con él, y salido de Checoslovaquia. Y que cuando los consuegros se conocieron resultó que tenían algo en común. Mauthausen.
El padre de la novia, uno de los presos. El padre del novio, uno de los guardianes.

………………………………

“L’écriture me replongeait dans la mort ; m’y submergeait. J’étouffais dans l’air irrespirable de mes brouillons, chaque ligne écrite m’enfonçait la tête sous l’eau comme si j’étais à nouveau dans la baignoire de la villa de la gestapo à Auxerre. Je me débattais pour survivre. J’échouais dans ma tentative de dire la mort pour la réduire au silence ; si j’avais poursuivi, c’est la mort qui m’aurait rendu muet ” (…) “J’étais revenu dans la vie, c’est à dire dans l’oubli : la vie était à ce prix. Oubli délibéré de l’expérience du camp. Il n’était pas question d’écrire quoi que ce fût d’autre. Cela aurait été dérisoire, ignoble peut-être “

“Ils sont en face de moi, l’oeil rond, et je me vois soudain dans ce regard d’effroi: leur épouvante. Depuis deux ans, je vivais sans visage. Nul miroir, à Buchenwald. Je voyais mon corps, sa maigreur croissante, une fois par semaine, aux douches. Pas de visage sur ce corps dérisoire. De la main, parfois, je frôlais une arcade sourcilière, des pommettes saillantes, le creux d’une joue. J’aurais pu me procurer un miroir, sans doute. On trouvait n’importe quoi au marché noir du camp, en échange de pain, de tabac, de margarine […]. Mais je ne m’intéressais pas à ces détails. Je voyais mon corps, de plus en plus flou, sous la douche hebdomadaire. Amaigri mais vivant: le sang circulait encore, rien à craindre. Ça suffirait, ce corps amenuisé mais disponible, apte à une survie rêvée, bien que peu probable. La preuve, d’ailleurs : je suis là. Ils me regardent, l’oeil affolé, rempli d’horreur. Mes cheveux ras ne peuvent pas être en cause, en être la cause. Jeunes recrues, petits paysans, d’autres encore, portent innocemment le cheveux ras. Banal, ce genre. Ca ne trouble personne, une coupe à zéro.Ca n’a rien d’effrayant. Ma tenue, alors? Sans doute a-t-elle de quoi intriguer: une défroque1 disparate […]. Ma maigreur? Ils ont dû voir pire, déjà. S’ils suivent les armées alliées qui s’enfoncent en Allemagne, ce printemps, ils ont vu pire. D’autres camps, des cadavres vivants. Ca peut surprendre, intriguer, ces détails: mes cheveux ras, mes hardes2 disparates. Mais ils ne sont pas surpris, ni intrigués. C’est de l’épouvante que je lis dans leurs yeux. Il ne reste que mon regard, j’en conclus, qui puisse autant les intriguer. C’est l’horreur de mon regard que révèle le leur, horrifié. Si leurs yeux sont un miroir, enfin, je dois avoir un regard fou, dévasté.
Jorge SEMPRUN, L’écriture ou la vie, 1994.

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One Response to Buchenwald

  1. Yo también tengo recuerdos de familia relacionados con los campos. En este caso de un querido amigo de mi abuelo. Se llamaba Federico y era militar de la República. Huyó a Francia, luchó con la aliados y acabó en Mauthausen. Sobrevivió y volvió a España sólo para que le metieran de nuevo en la cárcel y, cuando lo liberaron, le pusieran piedras y más piedras en el camino para encontrar un trabajo digno. Pero él y mi a abuelo sobrevivieron incluso a Franco y nos dieron la lección de Historia (así, con mayuscula) más importante: los héroes más grandes no ocupan ni una línea en los libros de historia. Son aquellos que mueren luchando por la libertad, los que son asesinados por no pensar igual, los que pasan sus días en una celda por defender los derechos de los demás.

    A Federico le condecoró la República Francesa. Aquel hombre de aspecto impecable que visitaba a mi abuelo y con el que se pasaba hablando horas, escribió la historia de este continente. Él y no esos que dicen que trabajan por Europa.

    Un abrazo.

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